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Economías regionales: ¿por qué el agro no es rentable?
¿Por qué no podemos sostener una agricultura próspera y pujante? Para reflexionar al respecto, IDEAL analiza algunas similitudes y divergencias entre Argentina y algunos de los principales exportadores mundiales de productos agropecuarios.

Muchas economías regionales (extra pampa húmeda) enfrentaron una década para el olvido. En productos frescos y procesados venimos perdiendo mercados internacionales, y enfrentamos un delicado proceso de desinversión que en muchos cultivos hipoteca el futuro de un sector considerado estratégico en las principales potencias del mundo.

A las puertas de una nueva cosecha frutícola, aparecen viejos problemas en las economías regionales: falta de rentabilidad en nuestras cadenas de valor de base agrícola. Un breve repaso por la política agrícola implementada en los principales países exportadores agropecuarios permite comprender nuestro pasado y presente. 

Dentro de un grupo de nueve economías seleccionadas, Argentina se ubicó en la octava posición con respecto a las exportaciones de frutas y hortalizas, tanto en fresco como procesadas. Las ventas al exterior de nuestro país (de estos productos) totalizaron U$S 2.898 millones, superando sólo a Nueva Zelanda y por detrás de Unión Europea, EEUU, México, Canadá, Chile, Australia y Brasil.

Al observar la evolución de las exportaciones de frutas y hortalizas frescas y procesadas desde 2008, se constata que de las nueve economías analizadas, Argentina tuvo el menor crecimiento (medido como la variación promedio anual), sólo por delante de las de Brasil. Nuestro incremento promedio del 1% anual nos coloca muy por detrás del 5% promedio que crecieron estos casos analizados y por debajo del 4% de crecimiento de las exportaciones mundiales.

La Unión Europea, Estados Unidos y Canadá, a pesar de los grandes volúmenes que exportan de estos productos, lograron crecer aún más que nuestro país. También se observan los casos exitosos de nuestros principales competidores como Chile, Nueva Zelanda y Australia, que crecieron a una tasa mayor al 4% anual y que, al situarse todos ellos en el hemisferio sur, comparten nuestra misma época de cosecha y oferta en los mercados internacionales. 

¿Por qué no podemos sostener una agricultura próspera y pujante? Para reflexionar al respecto analicemos algunas similitudes y divergencias entre Argentina y algunos de los principales exportadores mundiales de productos agropecuarios.

Conquistar el mundo con la mano visible del estado

“El aceite de oliva español conquista el mundo” titulaba un periódico europeo el año pasado. La nota destacaba a España como principal potencia productora y exportadora de aceite de oliva, llegando a más de 140 países en el Mundo. También hacía mención que el aceite español posee los mejores puestos en los rankings de calidad gracias a la excelencia de las aceitunas.

Sin embargo, en este y otros tantos casos, el éxito obtenido no habría sido posible sin el sistema de subsidios que reciben los productores olivícolas españoles. España, al igual que el resto de los países de Europa, subsidia directamente a los productores agropecuarios para asegurarles su rentabilidad.

La elevada presión tributaria que sostiene el sistema de seguridad social europeo genera niveles de costos de producción que limitan la competitividad y rentabilidad del productor agropecuario. Para compensar esta situación, Europa implementa un sistema de transferencias directas a los productores agropecuarios que representan, en promedio, un 20% de sus ingresos anuales (OECD). La magnitud de estas políticas es tal que representa el equivalente al 45% del producto bruto agropecuario[1].

Un estudio del European Journal of Operational Research daba cuenta hace unos años que el 60? los productores olivícolas en España operarían a pérdida sin la política de transferencias públicas.

En definitiva, sin una rentabilidad asegurada para el productor, hubiera resultado imposible promover inversiones tecnológicas, innovación y calidad, los ejes de la “conquista” del mercado internacional.

A su vez, la fruticultura y horticultura europea que compiten con Mendoza se encuentra (adicionalmente) protegida con barreras a la importación, que a fin cuentas mantienen artificialmente alto el precio de sus productos generando más rentabilidad sobre los productores agrarios.

En síntesis, las leyes del libre mercado son quienes aún no conquistan al sector agrícola en determinados países, gracias a ello, muchos de sus productores exhiben una rentabilidad positiva y logros de posicionamiento internacional.

Conquistar el mundo con la mano invisible del mercado

Sin embargo, existen también modelos agrícolas rentables con prácticamente nulas transferencias públicas. En estos casos, la agricultura se desarrolla en entornos económicos altamente competitivos, con reducidos impuestos que caen sobre la actividad, eficientes sistemas de logística y política externa que facilita el acceso en los mercados internacionales mediante tratados de libre comercio.

En este club se destacan países como Nueva Zelanda, Australia o el mismo Chile. El último informe de competitividad del Foro Económico Mundial, colocaba a estas tres economías entre las 35 más competitivas del mundo (The Global Competitiveness Index 2017-2018). Los tres países, poseen niveles de competitividad incluso superiores a pares europeos como España o Italia. Argentina se ubica número 92 sobre 137 países medidos, jugamos definitivamente en otra liga.

A su vez, en el último ranking de impuestos al salario analizado por la OECD (Taxing Wages 2017), Chile aparece como el país con menor carga fiscal salarial (sobre 40 evaluados), sigue en segundo lugar Nueva Zelanda y en séptimo Australia. Los países con mayores cargas al salario son europeos.

En definitiva, y ahora sí haciendo distinción del libre mercado, la rentabilidad de los productores en estos países está dada por los menores costos de producción (propios de una baja presión tributaria y destacada infraestructura) y por la reducción/eliminación de las barreras al comercio.

¿En qué espejo mirarnos?

La síntesis descripta, como toda simplificación, posee matices y entre ambos grupos de países existen casos intermedios como, por ejemplo, Estados Unidos o Canadá. Sin embargo, comprendiendo cómo funcionan estos modelos agrícolas (que exhiben mejores logros a los nuestros) permite identificar algunas asimetrías con la realidad por la que atraviesan nuestras economías regionales al momento de competir en el mundo.

La reiterada falta de rentabilidad que posee muchas actividades agrarias en Argentina obedecen en gran parte a que un agricultor argentino enfrenta una presión tributaria europea, pero al momento de recibir soporte directo enfrenta un nivel de transferencias propio de un productor chileno, neozelandés o australiano. Todo esto sumado a una infraestructura más deficitaria que cualquiera de los países mencionados, y barreras arancelarias y para-arancelarias en varios de los mercados internacionales extra Mercosur. 

La solución a los problemas de fondo está en agenda pública, pero con un cronograma de implementación acorde con la gradualidad macroeconómica. La reforma tributaria se implementará en un plazo de 5 años; las inversiones en infraestructura necesarias poseen similares plazos de ejecución hasta impactar en la reducción de costos logísticos; los tratados de libre comercio son procesos muy lentos y complejos; y la competitividad cambiaria seguirá seguramente por debajo de su promedio histórico.

La disyuntiva es la transición. Vendrá un quinquenio complicado para las economías regionales. En este contexto, es difícil pensar en otra alternativa que un sistema temporal de asistencia directa al sector, que posea una gradualidad inversa a la reforme fiscal. Ello implicaría que desde el Gobierno nacional se generen instrumentos (como mayores reintegros a las exportaciones, reembolsos de fletes, u otras transferencias similares) que compensen temporalmente la inconsistencia que enfrentan muchas cadenas alimentarias de nuestras economías regionales de Argentina. Caso contrario, seguiremos aplicando el modelo olivícola español a la inversa: la falta de rentabilidad dispara menos inversión, menos calidad y pérdida de mercados.

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